El estilo de vida de hoy en día es muy competitivo y duro. Desde que los chicos son muy pequeños se busca que logren objetivos tanto académicos como deportivos o personales. Es por ello que la mayoría de los niños asisten a diversas clases y realizan diferentes actividades en el día, – adicionales al colegio – muchas veces ocupando todo su tiempo libre.

Cuando damos especial énfasis y ponemos como primera prioridad la consecución de estos objetivos, sin quererlo estamos esperando que nuestros hijos sean mejores que los demás. Pero, ¿qué pasará cuando encuentren a alguien que realice dicha actividad mejor que ellos? Si es que no cuentan con las herramientas y recursos para gestionar sus emociones, aparecerá la frustración, la autocrítica, la vergüenza y los pensamientos negativos.

Todo esto se acrecienta cuando en su educación predomina la crítica por parte de sus padres o educadores. Los niños y adolescentes interiorizan de manera significativa los comentarios descalificativos que escuchan y son estos mismos comentarios los que aparecerán en su cabeza en la vida adulta, afectando su seguridad y autoestima.

“El niño crece pensando que ha de ser perfecto para que lo quieran, pero como la perfección es imposible, criamos niños inseguros y que toleran mal la frustración.” (Moroño, 2019). 

La autocrítica (destructiva) no aporta ningún beneficio a la vida de los niños sino que más bien trae consigo consecuencias negativas a su bienestar emocional, pues se pueden sentir perdidos, inadaptados y/o con sentimientos de culpa. En esos momentos pueden aparecer pensamientos como: “me he equivocado, merezco sufrimiento”, “debí haber ganado, soy un fracasado”, “me salió mal, soy un inútil”, entre otros; propios de la baja autoestima y el autocastigo.

La educación y el contexto en el que se desarrolla el niño desempeña un papel fundamental, pues cuando prevalecen la autoestima sana, la autocompasión y la amabilidad con uno mismo, los resultados personales y académicos son diferentes. Es cuestión de respetarse, quererse y aceptarse a uno mismo sin la necesidad de compararse con los demás.

Normalmente, cuando vemos sufrir a alguien que queremos, brota de nosotros un sentimiento de cariño, amor y queremos protegerlos y ayudarlos a que se sientan mejor. Este sentimiento está muy relacionado con la empatía. Pero, ¿somos igual de compasivos con nosotros mismos? La autocompasión es apoyarnos, consolarnos, darnos cariño y ser amables con nosotros mismos cuando no estamos bien. Según Neff (2017), la autocompasión nos ofrece la misma protección que una autoestima alta contra la autocrítica destructiva, pero sin la necesidad de tener que sentirnos perfectos o mejores que los demás. Del mismo modo, también involucra el conocerse a uno mismo de forma sincera y así aprender a aceptarnos como somos, con nuestras destrezas y habilidades así como con nuestros errores y debilidades.

Es importante desarrollar desde pequeños la autocompasión pues, según Moroño (2019), las personas autocompasivas tienen una mayor inteligencia emocional, experimentan menos emociones no saludables, gestionan mejor sus emociones y presentan mayor capacidad para mantenerse estables emocionalmente. Además, comenta que saben enfrentarse a sus problemas de manera más eficiente, saben auto motivarse y aprender cuando fracasan, sin desanimarse. Por otro lado, practicar y desarrollar la compasión con los demás también trae diversos beneficios – en especial con respecto a las relaciones interpersonales – pues enseña a los niños a relacionarse con igualdad y respeto porque son mucho más conscientes y empáticos con el sufrimiento ajeno. Además, les enseña a solucionar problemas mediante el diálogo.

La capacidad de tener compasión con uno mismo se mide teniendo en cuenta tres componentes:

  1. La amabilidad con uno mismo: ser amable, alentador, tolerante y flexible con nosotros mismos cuando las cosas no nos van bien y nos sentimos imperfectos.
  2. La humanidad compartida: se refiere a la capacidad de ser conscientes de que todos los seres humanos pasamos por episodios de sufrimiento a lo largo de nuestra vida. Entender que este sufrimiento forma parte de nuestra vida y que aceptarlo como característica humana nos hace más autocompasivos.
  3. Mindfulness: esta práctica brinda diversas estrategias para aprender a tratarnos y cuidarnos de la mejor manera posible. El permitirnos sentir la emoción que se está experimentando, conectar con ella sin juicios o culpas, hace que nos sintamos más compasivos con nosotros mismos, dándonos el amor y cuidado que necesitamos.

Los invitamos a reflexionar en torno a estas preguntas:

  • ¿Favorezco la compasión en mis hijos?
  • ¿Qué puedo hacer para desarrollar en mis hijos la autocompasión?


Referencias:

  • Moroño, T. (2019). Niños atentos y felices con mindfulness. Barcelona, España: Editorial Penguin Random House
  • Neff, K (2017). Sé amable contigo mismo: el arte de la compasión hacia uno mismo. Barcelona, España: Editorial Paidós

Por Cristina Mendiola -Psicóloga de 5to a 7mo grado