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La importancia de desarrollar la inteligencia emocional desde la Educación Inicial

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La inteligencia emocional es un término que suele escucharse con frecuencia, pero es importante conocer de qué se trata para asumir la importancia de trabajarla desde la primera infancia.  Si consideramos al niño como un ser integral, debemos saber que el aspecto cognitivo y el emocional se vinculan y están en constante interacción. Es necesario alertar a los educadores sobre la importancia de su rol en las escuelas con respecto a la educación y el cuidado de las emociones, pues de ello depende el posterior éxito o fracaso de sus estudiantes. Educamos a los niños hoy para que sean capaces de resolver de manera eficiente cualquier obstáculo que se les presente en la vida. Para lograr una cultura de paz se necesita apuntar hacia una educación integral en la escuela, donde se vea a la persona desde todas sus dimensiones y se debe empezar desde la educación inicial.

Una de las etapas más importantes para desarrollar la inteligencia emocional de las personas es la niñez, ya que esto va a influir directamente en la formación de su auto concepto y autorrealización personal. Los niños desarrollan su potencial en los encuentros e interacción con otros niños y con los adultos referentes que los rodean. En ese proceso, es importante desarrollar habilidades que les permitan manejar sus propias emociones y comprender las de los demás. La UNESCO valora e incluye como pilares de la educación a los aprendizajes relacionados con conocer, ser, hacer, vivir juntos y transformarse.

Estimular la inteligencia emocional en los niños desde pequeños les permitirá interactuar de una manera más respetuosa, empática y tolerante frente al otro y contribuirá en la construcción de una sociedad educada y equilibrada en sus emociones.

Durante la primera infancia es fundamental brindar al niño una formación rica en valores – por ejemplo, el respeto y la empatía – de tal manera que pueda vivir en armonía con los demás, sea seguro de sí mismo, se comunique de forma efectiva, etc. Estos aspectos son fundamentales para el desarrollo emocional de un niño. Un niño que trabaja su asertividad tendrá una emocionalidad sana. Si es capaz de expresar su opinión y defenderla entonces será capaz de decir “no” sin sentirse culpable. Es muy probable que un niño seguro de sí mismo sea emocionalmente más capaz de afrontar los desafíos que le presente la vida con resiliencia y positivismo, como las críticas o comentarios negativos o respetar opiniones diferentes a la suya. Dentro de las competencias que se busca desarrollar desde la primera infancia, se encuentran las referentes a la comunicación. La inteligencia emocional parte de la premisa de que un niño que es capaz de comprender sus sentimientos y emociones podrá expresarlas mejor que otro que no las puede reconocer en sí mismo ni en los demás. Es evidente la relación que existe entre la inteligencia emocional y el desempeño escolar; por lo tanto, para que el niño potencialice sus competencias, debemos promover ambientes emocionalmente sanos desde la escuela y, para lograrlo, es necesario optar por metodologías educativas que vean al niño desde todas sus dimensiones. Es así que una educación integral tiene tres dimensiones: mental, corporal y emocional. Se debe romper con el paradigma que priorizaba la parte cognitiva sobre el cuerpo o la emoción.

La mayoría de los estudiantes salen del colegio sabiendo leer y escribir correctamente, también pueden ser muy competentes en las matemáticas, pero muchos no cuentan con herramientas para controlar sus emociones pues no tuvieron la oportunidad de trabajar en ellas. Ante la primera dificultad que se les presenta reaccionan de manera impulsiva, se paralizan o huyen. Muchas veces no saben elegir las mejores opciones o tomar buenas decisiones. Esto es el resultado del poco conocimiento de ellos mismos sumado a que no aprendieron a gestionar sus emociones desde pequeños en las situaciones cotidianas que se presentaban en la escuela. Para cumplir ese propósito el maestro debe tener presentes a las emociones al momento de planificar sus proyectos y diseñar estrategias que conduzcan a sus estudiantes a buscar el balance entre la razón y la emoción. Los niños necesitan espacios para hablar de sus sentimientos y emociones con confianza, libertad y sin ser juzgados.

Goleman dice que para lograr el equilibrio entre la razón y el corazón se debe aprender a usar el corazón con inteligencia, es decir que ambas partes son inseparables. Por lo tanto, lo ideal es saber utilizar las emociones de manera inteligente y entrenar la habilidad para resolver situaciones problemáticas con asertividad. La responsabilidad de atender y trabajar el aspecto emocional de los niños va más allá del aula, supone también el compromiso de los padres, la escuela y la comunidad, todos juntos en la misión de educar una generación de personas integras, saludables y dispuestas a mejorar.

Los maestros debemos atender y contener las emociones de nuestros estudiantes devolviéndoles el mejor espejo de sí mismos. Por ejemplo, cuando un niño se desborda en clase, el maestro debe buscar la manera de ayudarlo a que tome conciencia de su estado emocional, que el niño pueda ver los hechos de manera objetiva y juntos encuentren una solución al problema. Detrás del enfado o la frustración, existe una razón de fondo que no necesariamente es evidente. El maestro debe tener la habilidad para ayudar al niño a calmarse y a identificar la verdadera causa de su fastidio. Sin embargo, es su responsabilidad trabajar primero en sus propias emociones para poder contener a sus estudiantes con la empatía y amor que merecen.

En ocasiones los profesores no somos conscientes de nuestras propias emociones y dejamos que el enojo nos invada al sentirnos agredidos por alguna reacción de nuestros estudiantes o al interpretar alguna conducta como falta de respeto, llegando a reaccionar de manera impulsiva o con una actitud violenta frente al niño. La maestra no es consciente del impacto que su reacción puede causar en el aprendizaje emocional, no solo de ese estudiante, sino de toda la clase. Entonces, es muy importante que los maestros trabajemos y seamos conscientes de nuestras propias emociones: conocerlas, gestionarlas y reconocerlas en los demás.

El vínculo que se establece en el aula es básico para el aprendizaje. Uno de los aspectos del currículo oculto se refiere a que el discurso de los maestros no enseña tanto como sus propias acciones y actitudes. Establecer un buen clima emocional en el aula es otra gran responsabilidad de todos los maestros. Se requiere estar atento a las situaciones que le generan estrés a él o a los niños y observar cómo lo expresan, tanto él mismo cómo cada uno de sus estudiantes, para poder anticiparse a posibles conflictos. Debemos promover un ambiente que fomente la empatía y la solución de problemas de forma saludable y con respeto a las necesidades de cada una de las partes, en el que los problemas sean tomados como espacio y momento para el aprendizaje.

Haciendo una revisión del Currículo Nacional de la Educación Básica (CNEB), notamos el interés especial en el trabajo de las emociones desde la escuela. El perfil de egreso define “educar” como acompañar a una persona en el proceso de generar estructuras propias internas, cognitivas y socioemocionales, para que logre el máximo de sus potencialidades. Esta nueva definición ya prioriza a la inteligencia emocional como parte importante de la educación integral. Dentro de los enfoques transversales figura la palabra empatía dentro de los valores que se deben desarrollar a lo largo del proceso formativo. Las actitudes que supone la empatía son: la identificación afectiva de los sentimientos del otro y la disposición para apoyar y comprender sus circunstancias.

En el tratamiento del enfoque de la búsqueda de la excelencia se menciona la superación personal, lo cual implica la disposición de adquirir cualidades que mejorarán el propio desempeño y aumentarán el estado de satisfacción consigo mismo y con las circunstancias. En ambos casos, las habilidades sociales y la inteligencia emocional se deberán trabajar de manera organizada y planeada para llegar a adquirir dichos valores.

Si pretendemos transformar la sociedad en la que vivimos, bajar el nivel de violencia, contar con ciudadanos que respeten al otro y se preocupen por los demás y si queremos una sociedad más inclusiva, tolerante y que apueste por la diversidad, entonces necesitamos desarrollar ambas inteligencias: la cognitiva y la emocional.

Referencias Bibliográficas:

Shapiro L. (1997) Inteligencia Emocional en los Niños.
Emocionarte con los Niños Macarena Chía, José Zurita, Desclée de Brower.
Goleman, D. La Inteligencia Emocional en la Práctica

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