Desde pequeños, nuestros padres o principales cuidadores se preocupan por enseñarnos a ser “mejores personas” al instruirnos en cómo debemos comer, cómo cruzar la calle, cómo vestirnos, cómo tenemos que comportarnos, entre otras exigencias. Sumado a ello, en nuestra etapa educativa atravesamos por más exigencias para llegar a ser “los mejores profesionales y los más exitosos”, pero ¿y las emociones?

¿cómo podemos llegar a ser “los mejores profesionales” o “las mejores personas” si no somos capaces de reconocer y regular nuestras propias emociones, de mostrarnos empáticos con nosotros mismos y con los demás, que finalmente nos llevará a poder liderar de manera eficaz a un grupo de personas, a desenvolvernos eficientemente en lo que hacemos a pesar de las adversidades que se presenten, o a ser ciudadanos del bien que aporten a la sociedad?

Las emociones son estados afectivos, reacciones subjetivas al entorno que nos mueven por dentro. Tienen un origen fisiológico que se manifiesta con cambios tanto a nivel físico (sensaciones corporales) como a nivel psicológico (pensamientos, actitudes, creencias…). Son variables, pueden aparecer de forma súbita y tienen diferentes grados de intensidad. Son más intensas pero menos perdurables que los sentimientos.

Seguramente nos ha pasado que llegamos a casa estresados o furiosos, ya sea por el tráfico o por algún inconveniente que nos haya pasado en el trabajo y lo único que queremos es tranquilidad, comer, hacer alguna actividad de ocio, etc. Pero llegamos y encontramos que nuestros hijos están discutiendo, o no quieren comer, dormir, ordenar sus juguetes, etc. Y, ante una mínima situación que nos desagrada, dejamos erupcionar el volcán que ya veníamos acumulando de todo el día, reaccionando de manera inadecuada para luego justificar nuestros actos con las malas conductas de los demás o a sentir culpa y a querer reparar nuestro error.

¿A cuántos nos ha pasado? ¿Cuántos hemos sido capaces de reconocer que nos sentimos molestos, expresarlo y hacer algo para calmarnos? ¿Cómo esperamos que nuestros hijos aprendan a autorregularse solos, a no hacer berrinches, a expresar lo que sienten de manera adecuada si muchas veces no lo hacemos nosotros? Recordemos que somos el principal referente de nuestros hijos, y, por tanto, es muy importante no solo educar con la palabra sino también con el ejemplo.

Es por ello que es muy importante que, tanto nosotros como nuestros hijos, aprendamos a desarrollar un “vocabulario emocional” para poder reconocer, expresar y manejar nuestras emociones. A continuación les presentamos algunas ideas para enseñarles a nuestros hijos a desarrollar su vocabulario emocional:

  1. Al conversar con ellos, hay que nombrar nuestra emoción para que ellos se acostumbren a reconocer lo que sienten y, de esta manera, expresarlo en su discurso cotidiano. Por ejemplo: hoy en el trabajo me sentí feliz porque hice esto, me siento molesto ahorita porque no estás haciendo caso, me pone triste esto…
  2. Es importante reconocer, aceptar y enseñar que no siempre vamos a estar felices y dispuestos. También es válido sentirnos molestos, tristes, con miedo, decepcionados, etc. No hay que evitar expresar estas emociones y validarlas cuando nuestros hijos las experimenten.
  3. Las emociones dependen de uno mismo, no de la situación en sí. No existe una sola forma de sentir ante una situación ni tampoco la experimentamos con la misma intensidad,  y, por tanto, no todos vamos a reaccionar de la misma manera. Por ello depende de nosotros hacer algo para sentirnos mejor o dejarnos llevar por nuestra emoción. Para enseñarles esto a nuestros hijos, podemos utilizar como ejemplo  situaciones de la vida cotidiana: a algunos el tráfico los pone coléricos y por eso empiezan a tocar la bocina, a hacer maniobras peligrosas, etc. En cambio, a otros simplemente les incomoda o fastidia y por tanto ponen su música para pasar el rato. En el caso de los niños más pequeños, podríamos darles el siguiente ejemplo: Imagínate que a dos niños un compañero les quita su juguete. A un niño le molesta muchísimo y por eso empuja o arrancha; en cambio, a otro niño le molesta y va a decirle a la maestra que su compañero le quitó el juguete. En este caso, ¿qué fue diferente? La intensidad en la que sentimos la emoción y nuestra manera de reaccionar ante la situación. Recomendamos también llevarlos a la reflexión con estas preguntas: ¿tendrán las mismas consecuencias?, el niño que fue a pedirle ayuda a la maestra ¿qué logrará?.

En casa, podemos utilizar una estrategia muy útil llamada el “termómetro de las emociones” para que los niños tengan un referente visual de las diferentes intensidades de las emociones, cómo reaccionamos ante ellas y sus consecuencias. A esto también podemos incluir estrategias para calmarnos cuando estemos sintiendo cólera, ansiedad, miedo… y no llegar a reaccionar de manera inadecuada.

A continuación, un ejemplo del termómetro: “Mis papás me dicen que debo ordenar mi cuarto”

Este ejemplo permite ver claramente cómo las emociones determinan las reacciones ante ciertas situaciones (conductas inadecuadas e incluso desbordadas), así como las consecuencias a estas reacciones. Si logramos que nuestros hijos sean conscientes de esto, es probable que puedan manejar mejor sus emociones para que las consecuencias a sus reacciones sean positivas. Los invitamos a desarrollar este termómetro con otras situaciones que se puedan presentar en casa; reflexionen con sus hijos sobre las consecuencias e invítenlos a que ellos mismos determinen cuál sería la mejor forma de expresar sus emociones: una reacción adecuada siempre traerá consecuencias positivas.

Generalmente, la mejor manera de enfrentar una situación que podría producir una emoción desbordada en nuestros hijos, es mantener la calma. Esto permitirá reflexionar, llegar a acuerdos, comprender la situación, etc. Pero, si vemos que nuestro hijo siente mucha euforia, cólera o molestia, es mejor que se calme antes de conversar con él. Para ello les recomendamos algunas estrategias:

  • Realizar respiraciones guiadas hasta sentirme mejor.
  • Pintar
  • Realizar una meditación
  • Realizar ejercicios de yoga

Ahora, para reflexionar con nuestros hijos, ayudarlos a entender sus emociones y llegar nosotros a entender por qué reaccionan de una u otra manera, se requiere identificar las necesidades que están en la base de esa emoción. Para ello, cuando estén calmados, podemos preguntarles ¿por qué quieres/no quieres hacer esto? ¿qué es lo que te ha molestado? Si haces / no haces esto, ¿qué es lo que logras y cómo te sientes?

Una vez que tengamos identificada la necesidad, enfoquémonos en esto para reflexionar (y olvidemos la reacción inadecuada). Juntos, tratemos de buscar soluciones y alternativas que ayuden a satisfacer esa necesidad sin tener que llegar a conductas desbordadas.

Algunos ejemplos:

  • El niño no quiere acostarse temprano, cada vez que se le pide, reacciona gritando y llorando. Posible necesidad: pasar tiempo con sus padres en la noche porque durante el día han estado trabajando (así sea online en casa). Posible solución: dedicar ciertos momentos del día a realizar actividades juntos.
  • Su hijo no quiere sentarse a trabajar en las clases online. Cuando se le insiste, se molesta, se va a su cuarto y es imposible convencerlo. Posible necesidad: estar cómodo y sin interrupciones para trabajar. Posible solución: destinar una o dos horas del día para que el niño trabaje en un ambiente sin interrupciones disponiendo él solo de una computadora.

Fuente:

Llenas, Anna. (2016). Diario de las emociones. Editorial Paidos.

Kiara Lelkes – psicóloga nursery a 1er grado